I
El próximo domingo se conmemora el 25 aniversario de los sismos de 1985.
Eran, las 7:19 am del jueves 19 de septiembre. Ese día, me había levantado más temprano que de costumbre, necesitaba realizar una llamada telefónica, había acordado con Víctor Suárez (q.e.p.d), le llamaría temprano, para que me diera una explicación sobre la tundra, su explicación complementaría una exposición que realizaría ese día en la escuela.
Así fue, comenzamos la llamada a las 6:30 a.m., aún recuerdo su gran disposición, su paciencia, lo tenue de su voz. Hablamos por espacio de media hora, y al finalizar la llamada, me preguntó la razón de mi curiosidad sobre el tema, yo, inocentemente, le comenté que era una investigación de último minuto para la escuela, se rió y pronunció la siguiente sentencia: "te va a caer la maldición divina por andar haciendo la tarea al último minuto", nada más cercano a la realidad.
Tomé la cartulina blanca sobre la que había pegado los recortes de una monografía, y me disponía a rotularla, escogí el lugar más cómodo para terminar la tarea: las escaleras.
De pronto, una gran sacudida, y un gran estruendo, me incorporé tan rápido como pude, y corrí a la recámara en dónde se encontraba mi mamá, "esta temblando mi'jito, no te preocupes, ahorita se pasa", por la ventana observé un ciprés que se sacudía de un lado a otro, de manera intuitiva corrí hacia el aparato prohibido: la televisión, no era casualidad que el canal 2 estuviera sintonizado, ahí estaba Lourdes Guerrero, pidiendo calma, se abrió la toma, y ahí estaban Juan Dosal, y María Victoria Llamas (hermana de la tusita), el plafón superior se movía como campana de catedral, Lourdes se aferraba al escritorio, mientras que Juan Dosal comenzaba a quitarse el micrófono, seguramente, para salir corriendo, María Victoria solo agachaba la mirada. Debo de reconocer el gran temple mostrado por Lourdes Guerrero, quién se notaba aterrada, pero que nunca modificó el tono de su voz, muy valiente. De pronto la pantalla en negro.
Escuchaba el crujir de la casa, las puertas que se abrían y cerraban agresivamente y se azotaban, las vibraciones de los vidrios, los cables golpeando sobre la ventana, el ruido de la tierra moviéndose, un verdadero concierto de horror, recuerdo que a penas podía mantenerme de pié, regresé al punto de la escalera en donde me encontraba y me aferré al pasa manos. Dicen que el tiempo transcurre dependiendo del punto de vista del obervador, yo puedo decir que también transcurre dependiendo del grado de miedo del observador, los segundos más largos de mi vida.
Todo comenzó a calmarse, el suelo dejaba de moverse, al igual que la casa, las puertas aún rechinaban, de pronto un gran silencio, nunca, aún después de 25 años he vuelto a percibir ese silencio, y no exagero en decir que era un absoluto silencio, lo percibí con todos mis sentidos, y bajo un estado sensorial alterado, acrecentado, supongo que normal, después de ese gran terror.
Poco a poco el día fue cobrando normalidad, terminé la tarea apurado por mi mamá, desayunamos y nos fuimos a la escuela.
Jamás imaginé, lo que había vivido ese día, el panorama se esclarecería en el transcurso de la mañana.
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