Quizá fue antes, pero en mi memoria está muy presente el año en el que vi –y leí- por primera ocasión el Informe de Gobierno.
Recuerdo claramente al Presidente López Portillo secando las lágrimas de su rostro, en su 6° Informe, y lo recuerdo por la gran impresión que me generó, tenía yo, escasos 8 años.
Desde 1982, hasta el día de hoy, he escuchado, visto y leído todos los mensajes pronunciados por los 5 presidentes posteriores.
Recuerdo con mucho cariño, esta rara tradición inculcada por mis padres; nos reuníamos en las oficinas de un muy buen amigo de mi papá, y ahí, todos escuchábamos y leíamos con mucha atención el mensaje del Presidente de la República.
Atestiguábamos toda la ceremonia -que a mi, se me hacía eterna-, desde la salida del presidente de Palacio Nacional, hasta su regreso.
A pesar de que ese grupo de amigos de mis padres era opositor al sistema, todos siempre escuchaban con gran atención y respeto, cualquier increpación al televisor, era fuertemente sancionada por el resto de los asistentes, ya habría tiempo para discutir después.
Se analizaba todo y con decir todo, me refiero a eso: a todo. Los asistentes, los ausentes, el orden de los temas presentados, el orden de ya muy olvidado besa manos, los lugares en dónde se sentaban los invitados, vamos, hasta había quién se aventaba la puntada de contar la frecuencia de aparición de las palabras contenidas en el discurso presidencial.
Los análisis posteriores, eran de debate y fuerte crítica, se discutía sobre los números expuestos, las posturas, todo se cuestionaba.
Yo, presenciaba todo esto con un gran interés, aún y cuando no comprendía absolutamente nada.
Sin embargo, desde entonces comprendí que en la política el la forma es fondo. Y qué analizar este tipo de eventos desde todos los ángulos no es ejercicio ocioso.
Claro, en 1982 el formato era otro, la figura presidencial era otra, en ese entonces el presidente hablaba y el resto de los asistentes asentía y aplaudía.
Desde esas épocas, recuerdo mucho la crítica al formato del informe, se discutía sobre la posibilidad de poder cuestionar al Presidente antes o después del informe, sobre la posibilidad de que el Congreso de la Unión lo citara de manera posterior a un análisis o a resolver cuestionamientos, de la necesidad de establecer reglas para que eso se diera, para que se lograra, lo que en ese entonces se denominaba una total apertura democrática. Hoy estamos muy familiarizados con ese tema, pero en los 80’s decir eso abiertamente, era peligroso.
México, ha tenido grandes cambios desde esa época, y si bien es cierto que todavía nos falta camino por recorrer, hoy, vivimos en un contexto democrático diametralmente opuesto al que teníamos en los 80´s.
Sin embargo creo que hay cosas que aún prevalecen de esas épocas, a las que me he referido. Más allá de la crítica al contenido, reflexiono sobre la forma, hoy he visto un informe, muy similar a todos los anteriores –pompa más, pompa menos-, el Presidente habla frente a una cuidada lista de invitados, que asiente y aplaude.
Se ha dicho muchas veces, y yo quiero decirlo también. Necesitamos mejorar en nuestro sistema de rendición de cuentas, necesitamos que el Presidente, asista de nuevo al Congreso de la Unión, y pueda ser cuestionado por los Diputados y Senadores, caray, al menos por el representante de cada una de las fracciones parlamentarias y que este acto sea público, claro, bajo un formato de respeto y civilidad.
El no hacerlo, me demuestra, que en el fondo, los poderes del Estado, no quieren tener un diálogo franco, no de cara a sí mismos, sino de cara a la sociedad.
Pero tampoco lo tendrán, si nosotros mismos no lo exigimos, y para exigir hay que ser congruentes, muchos de los cambios de este país, se gestaron en reuniones privadas por individuos opositores al sistema, me consta, viví algunas.
Como ciudadanos, hay que ver, escuchar y leer el informe, hay que involucrarse, aún y cuando no se esté de acuerdo, ese es el principio: criticar y disentir de lo que se conoce, no de lo que se ignora. Tenemos que generar nuestros propios cuestionamientos y después solicitarle a nuestros representantes las respuestas, correspondientes, para que ellos se sientan presionados para diseñar un nuevo formato en el que, el Presidente de la República deje de sentir esa comodidad de los que sólo asienten y aplauden.
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