IV
En 1985, el Presidente de la República era Miguel de la Madrid Hurtado, pero durante las primeras horas de la tragedia, nadie supo nada de él, ni de su gabinete, fue hasta la noche del 20 de septiembre que se transmitió un mensaje del Presidente, para ese entonces nadie lo esperaba.
Al final, y después de unos 2 ó 3 días de vacío de poder, el gobierno hizo frente a la tragedia, hay que reconocerlo, pero lo hizo de manera muy ineficiente, muy desorganizada, con poca claridad, con muchos titubeos, con contradicciones. Nunca estuvo a la altura de esas circunstancias.
Recién se había renegociado la deuda externa, habían pasado las elecciones intermedias, y días antes, el Presidente De la Madrid había rendido su 4° Informe de Gobierno, faltaban meses para que en México se Inaugurara el mundial de futbol México 86.
Nadie sabe, a ciencia cierta, el número de muertos, en un inicio, las cifras oficiales hablaban de 4 mil muertos y 20 mil desaparecidos, 20 años después, el mismo De la Madrid, aceptaba que la cifra podía haber sido de aproximadamente 10 mil, sin embargo hay fuentes que citan hasta 50 mil, lo cierto es que nunca lo sabremos.
Cosa similar sucede con las cifras de los inmuebles afectados los números varían de 30 a 50 mil.
Se le atribuye al terremoto del 85 la pérdida de entre 100 y 200 mil empleos, creo que el dato real tampoco lo sabremos.
El número de heridos es prácticamente indeterminable, al igual que el número de damnificados y afectados, no solo por las personas que se quedaron sin hogar, recordemos que hubo cortes en el suministro de agua, en la red telefónica, y desabasto en alimentos.
Todas las cifras son confusas e inciertas, incluso, el número de personas rescatadas, dependiendo de la fuente se habla de un rango de 4 a 10 mil, es probable que sean muchas más.
Recuerdo la gran inconformidad que se generó cuando se determinó que los cuerpos permanecerían únicamente 72 horas, y que de no ser reconocidos irían a la fosa común, no sé cuál hubiera de haber sido la mejor decisión, pero en medio de la gran desorganización, la falta de espacio para albergar los cadáveres, y la prisa por ocultarlos, no quedaba más opción.
Recuerdo el parque de beisbol del Seguro Social, el hedor a podedumbre y desinfectante, los murmullos, los sollozos. Sobre el campo, por un lado, un tapiz de cajones de madera, por el otro, un tapiz de cuerpos ineficientemente preservados por hielo, un marasmo social lentamente animado por la muchedumbre que de manera desorganizada y presa de la desesperación, buscaba entre pedazos de carne reconocer alguna seña, alguna prenda, algún indicio sobre el ser querido; Anhelaban no encontrarlo y mantener la esperanza, deseaban hacerlo y terminar con la angustia. Yo aún me pregunto si todos pudieron enterrar a sus muertos.
Son recuerdos dolorosos, profundos, vivencias que deberían ser reservadas para los viejos, yo tenía 11 años.
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